jueves, 31 de enero de 2013

Leonadios

                                                              Foto de @rizagara (Instagram)


por @DrBion


De las razones íntimas, sabemos poco. Sí sabemos que se sentó en la plaza, en el desconocido intersticio que hay entre invierno y primavera; que los zapatos de cuero no llevaban medias y que pretendía conjurar el tiempo y la razón. Ya había tenido emociones y había lidiado con ellas (sus vísceras que no sabían lo que era una metáfora daban testimonio).
Los primeros meses no despertó asombro en el barrio. Los abandonados apenas se movían más que él. Nadie lo vio alimentarse pero ya corría el absurdo de que devoraba hormigas. Los inquietos niños que se le acercaron no se maravillaron de su inmovilidad sino de su infinito sosiego. Alguno le habló y de él salió un tono grave y claro, pero sus labios siguieron firmes. Esas palabras se perdieron (o se falsearon), pero de ahí se infiere su propósito y su fin, libre de tribulaciones. Dicen que dijo, sí, dicen que dijo llamarse Leonadios.
La curiosidad sobrepasó al barrio. Entonces llegaron los psicólogos. Estirpe incapaz de pensar lo desconocido (y aún lo que escapa a la estadística), no quisieron dialogar sin pastillas y menos sin televisión (eran tiempos extraños: Crónica TV había desaparecido, Facundo Pastor perseguía chocolateros en los trenes). La gente insistió y ellos, ante la posibilidad del marketing, lo intentaron. No podemos decir que Leonadios se desanimó (había desdeñado los sentimientos), pero juzgó inoportuno seguir conversando con gente poco instruida. El barrio los echó pacíficamente.
Tenía los ojos ya negros y la barba lo tomaba por asalto. Algunos acamparon en la plaza, creyéndolo un ángel (o un mítico parrillero que ahora habita Alfa-Centauro). El respeto sólo era, para él, una idea; pero hubo quien creyó adivinar una deferencia hacia sus seguidores en sus sibilinas musitaciones. Uno le arrojó una piedra. La sangre demoró en brotar, no era azul ni roja, pero era a la vez azulirroja. Se formó una secta de aduladores inmediatos. En principio, pidieron su favor o, al menos, una palabra de aprobación. Enarbolaron una curiosa ley escrita y pretendieron que se tomara por Sagrada. Luego, la letra que explicaba la ley. Finalmente, una ley oral que se propagaba en guitarreadas. La puerilidad de sus fines no perturbó a Leonadios. Entonces, lograron que se les otorgara personería religiosa. Se limitaron a olvidarlo y a recolectar dinero.
Su pelo iba aclarándose cuando llegaron los literatos. Despreciaron el diálogo, para no contaminar al objeto- musa. Sin ideas, ensayaron citas que mostraron los alcances de la memoria de Onán. Un temerario garabateó la primera línea (según reconstrucciones, decía: «De las razones íntimas, sabemos poco»). Otro ejerció la crítica. No demoró un visionario en redactar la crítica de la crítica. Algunos agudos observaron que el verbo saber había sido usado por un escritor en un sitio de Internet (acompañado por la imagen de un pre- socrático de rasgos inciertos) y que el adjetivo íntimo dejaba demasiado al descubierto: la famélica línea del horror que (tal vez) anuda al Arte con la Realidad. Debatieron con rigor y propusieron la modificación de la línea en otra (a su juicio) insuperable: «De las razones íntimas, sabemos poco». El barrio, poco leído, no pudo comprenderlos. Salieron con las piedras.
Alguna vez llegó la policía. Dijeron haber recibido una denuncia sobre un masculino que alborotaba al público y se hacía llamar Dios. La gente ya había decidido cerrar la plaza. A los agentes los acomodaron como pudieron. Las carpas tapaban el verde. Nadie entra, nadie sale; anunciaron vecinos a quienes no les interesaba el misterio sino el orgullo de tenerlo. De entre todos eligieron a uno para que hablara con él. Confusos en la precaución quisieron prepararlo para el momento.  Lo dejaron ciego por temor a su mirada. Cuando llegó el equinoccio lo sentaron. El vocero trató de hablar.
Leonadios se puso de pie. Su pelo blanco ya era luz. La barbas penetraron los poros en camino regrediente. Lentamente fue desentendiéndose del mundo. La llama en sus ojos fue lo último que vieron. Dicen que se fue a la Razón (donde también está el Amor) que, dicen, es una idea.


viernes, 28 de diciembre de 2012

El viejo





Hace un tiempo ya, durante uno de mis viajes de visita a la casa paterna y mientras trajinaba en la cocina, miré hacia el patio trasero y me detuve a observar al viejo. Puso una de las sillas de jardín bajo del olmo, tomó el diario, se calzó las gafas y ahí se quedó cerca de una hora, pasando las hojas a medida que leía. Algunas pasaban más rápido que otras. Suponía yo que el ritmo tenía que ver con que la noticia le fuera relevante o no. La sección de economía parecía no interesarle, pero a la de fútbol le dedicó un rato largo. Y a las necrológicas, claro. A toda la gente de pueblo le gusta saber quién muere, si hay algún conocido entre las bajas de la vida. Es un tema de conversación habitual.
Desde el taller del fondo llegaba la música de Julio Sosa, el varón del tango, me había dicho papá alguna vez. La verdad es que no le presté mucha atención entonces porque no me interesaba. Ni el tango ni casi nada de lo que él me decía, al menos por aquellos tiempos, para ser justa. Pero ese día de pronto me dí cuenta que no sólo sabía el nombre del tango en cuestión sino que además podía tararear su letra:

«Yo anduve siempre en amores
¡Qué me van a hablar de amor!
Si ayer la quise, qué importa...
¡Qué importa si hoy no la quiero!»

Me quedé mirándolo mientras cantaba en voz baja y cuando quise parpadear se me escurrió una lágrima por la mejilla. El marinero en la garganta ya había hecho bien su trabajo con un nudo firme y apretado. Me golpeó la revelación de que un poco de mi amor por la poesía (y el drama, por qué no) proviene justamente de los tangos del viejo: llenos de lunfardo, amores de arrabal, despechos y pasiones. Y me quedé allí, parada del otro lado de la ventana, simplemente mirándolo con estos ojos de hija adulta. Ya estaba grande, rozaba los setenta y miraba con una paz serena en sus ojos grises hacia los árboles del fondo, en silencio, cruzado de piernas y moviendo un pie al ritmo del tangazo.
En ese momento supe que siempre lo iba a recordar así: simple y sereno. Sin importar nuestras diferencias políticas e ideológicas; nuestros desencuentros y  animadversiones.
Fue un tipo duro, de los de antes; criado en las faenas rurales por una familia de esas que no daban abrazos ni besos. Lo fuimos ablandando con el tiempo pero nunca perdió esa especie de anticuada vergüenza a la hora del cariño. Y al mismo tiempo ejerció sobre la familia una forma de protección y  cuidado absolutamente desinteresada, equitativa y silenciosa.
Me llevó todos estos años (más de la mitad de mi vida) llegar a ese momento de intimidad solitaria y contemplativa: él sentado bajo el olmo pensando vaya a saber en qué y yo detrás de la ventana, mirándolo pero esta vez viéndolo.
Preparé el mate y le llevé uno, amargo, como a él le gusta:

— Nena ¿a que no sabés quién se murió? Vos eras chica pero seguro te tenés que acordar.
—Contame, viejo.

Y así es como nos recordaré siempre.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Se dice mentira cuando se dice final

Por Morocha_SG

Les traigo noticias: no tenemos (ni por casualidad, ni por milagro, ni por magia) la capacidad de terminar con nada.

Cuando alguien se aleja pensando que esa es la manera de asesinar su presencia, ya está —sin saberlo— volviendo a empezar en otro lugar. Y cuando alguien se muere, nace alguien; y si no, nace un dolor que pasado un tiempo se irá convirtiendo en un recuerdo imborrable. 

Nos hemos pasado años, vidas enteras creyendo que bastaba tomar una decisión para dibujar un punto final. No es tan sencillo ni tan complejo: simplemente es imposible.

El punto que cae pesado, bruto, implacable después de una palabra escrita también nos abre la puerta a lo que pasará luego dentro de nosotros. Esa tristeza, alegría, dolor profundo o inquietud que generó lo que leimos está comenzando. Y todo es guión, coma, puntos suspensivos, dos puntos, espacio.

Nos han dado el punto final para entretenernos mientras el mundo sigue sucediendo. 

El anzuelo ineludible es la debilidad de creernos fuertes.  Pero fuerza tiene el agua que limpia, barre, baila, suena, moja; y después de todo eso, vuelve a buscar su cauce y sabe hacia dónde ir. Y si no la dejan pasar: rompe.

Y así, tal vez algún día tengamos la suerte de entender que el secreto no es terminar, sino saber dónde y cuándo volver a empezar.



jueves, 6 de diciembre de 2012

lunes, 26 de noviembre de 2012

Acuarela

Me gustaba como éramos, casi estaba resignado al peso de un futuro concreto, a esa cordial compañía del amor para siempre, del enamoramiento esporádico, improbable.  Quizá incluso más que resignado: estaba dispuesto.
Pero ocurrió. Una noche escribí una mujer perfecta y no tuve más remedio que dejarte.
Te dije: «No es que vos no seas la adecuada», pero no te dije que quizá fueras lo más cerca que alguna vez iba a estar de ella y su perfección contigua. Ya había detonado un proceso irreversible, y no servía de nada saber que no existía, porque no existía pero tampoco era imposible: yo ya la había creado.
Me preguntaste cómo ocurrió y la verdad no sé. Fui deseándola de a poco, tamizándola en mi realidad ilusoria, buscando detalles de ella en vos y en cada una de las mujeres que me socorren. Fui esculpiéndola. Y después tus celos, como una lejanía, me fueron mostrando todo el espacio que te sobraba en mi acuarela de mujer perfecta.
«Te dejo porque quiero dejarte», te dije y empezaste con los adjetivos: infiel, impasible, negador absoluto y compulsivo; «Andá a perseguir las polleras que sobrevuelan a tu alrededor».
Y todavía yéndote: «Alguna vez te vas a dar cuenta de que ella no existe».
«No existís vos», pensé, porque te dejaba para eso: para condenarte a la inexistencia con la que la describías.
A ella, sí; a mi acuarela de mujer perfecta.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Maquillar la vida


Por Gabuleta




Me maquillo tapando defectos que no existen, queriendo tapar tristezas que sí lo hacen. Me peino, me visto, me miento. Elijo los zapatos, la cartera, los gestos. ¿Qué sonrisa me pongo hoy? Me miro al espejo y elijo una. «Bueno, esta sonrisa me queda mal», pienso, mientras elijo otra. Otro peinado. Más rubor. La palidez de la mañana desaparece. La angustia de la noche también.  Me disfrazo como se disfraza alguien que va a animar una fiesta infantil, pero yo sólo me voy a animar mi vida. En realidad, la vida de los otros.
«Estás siempre coqueta», «estás siempre riendo». Un trabajo bien hecho, parece.
Uso maquillaje que compro en un negocio y unas sonrisas que no sé de dónde saco. Me río de que lo extraño, me río porque no me sale, me río de que tengo miedo. Me río porque reírme es el maquillaje que oculta lo que realmente quiero esconder.
Me maquillo y me río como quien pinta una casa llena de humedad. Pintala. Adentro está destruida, de todos modos. Pero el barrio la ve linda, las visitas la ven linda, en las fotos sale linda. Y eso parece ser lo que importa. Hasta que un día, alguien le pegue fuerte a la casa, hasta que alguien me pegue fuerte, y todo se derrumbe. Cuesta mucho mantener cuidado el jardín que oculta la casa destruida.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Algo así

Por Gemiliano

Te miro. Observo todos tus gestos mientras describís el viaje por París. 
A mí me gusta que me hables y yo poder mirarte. Porque me conecto con tu infinita energía y me lleno de vigor con tus palabras.
Me contás cada detalle del viaje. La inmensidad de la Torre Eiffel. Las comodidades del hotel donde estuviste alojada. Y algo de los negocios, claro. Presto atención porque me interesa. Porque realmente me interesa lo que te pasa. Y además, porque siempre fue así y ya no puedo cambiar eso.
Te observo concentrado.
Tu cálida mirada hace que las instalaciones del bar se aprecien menos frías.
Y yo sigo observándote mientras revuelvo el café. Pretendo tomarme el líquido ya frío de un solo sorbo. 
Gesticulás mucho. Me encanta. Siempre fue igual. Contás el paseo por la Costa Azul. Maravillada de ese nuevo paisaje  recién descubierto. Te escucho atento.
Después de tres cafés fríos y dulces nos levantamos. Te arrimo el saco a la espalda, te abro la puerta y nos retiramos. S'il vous plaît. Merci.
Seguís hablando de tu viaje. Caminamos despacito por Esmeralda mientras encendemos un cigarrillo. Nos reímos como tontos enamorados. Y recordamos el primer paso: Villa Gesell, verano del  ‘97. Allí, la vorágine por los viajes ya había comenzado.  
Intercalás recuerdos con las nuevas experiencias, siempre con ese toque de humor que te caracteriza.  Se te cristalizan los ojos de la emoción al recordar París. Y claro, entiendo que no es para menos.
Presto atención a cada paso tuyo por La Ciudad del Amor, mientras planeo mentalmente mi escapada a Cabo Polonio, para relajarme y olvidar —entre otras cosas— tu dulce mirada.


viernes, 26 de octubre de 2012

domingo, 21 de octubre de 2012

La caducidad del recuerdo

Por Juan Pablo

Las peores verdades son las irrefutables o, mejor dicho, aquellas por las que no podemos hacer nada y permanecen ahí; las que nos han visto nacer y nos verán morir invariables, suspendidas y eternas mientras lo finito nace, ocurre y finaliza. Quizás esa sea la pena que algún estamento divino les ha entregado para purgar, acaso, esa virtud.

El tiempo pasa. Los años lo acompañan y nosotros los vemos recorrer nuestro cuerpo. Crecemos y nos llenamos de marcas que nos lo recuerdan: las grietas que la piel gana en las comisuras de sus pliegues, los intersticios que se van completando y los vacíos que van haciéndose más amplios, los movimientos se van entorpeciendo como la tosquedad de la veta de la madera cuando le gana un poco la humedad. Aprendemos, maduramos y nos hacemos conscientes. Vivimos con la muerte como un factor inminente pero indefinido. Algunos encuentran en eso algo trágico, otros simplemente aspiran a ese momento buscando un poco de redención.

El tiempo que arruga los cuerpos también aja el recuerdo. Tal vez es una coincidencia que en este momento, mientras escribo estas líneas, suene en la lista de reproducción el Réquiem de Mozart. O tal vez no y en mi mente siempre haya estado presente. No sé, ya no sé qué es real y qué no; me es imposible determinar lo factible de lo deseado; lo transcurrido de la fantasía. No puedo afirmar, a ciencia cierta, si el aroma que asocio a tu pelo sea el tuyo o sea el de los malvones del vivero de la calle Baradero. No puedo acordarme si lo que charlamos esa última vez era tal como lo recuerdo o si sólo le puse alguna nota al pie a una escena que fue silencio y despedida. Creo, con una angustia rotunda, que la mayoría de las cosas que pienso las he volcado más desde un lugar literario y mágico que desde la realidad misma.

El tiempo ha ajado mi memoria y esta, quizás, sea la pena que yo mismo debo sostener. La lluvia que hoy veo probablemente la hayamos visto juntos, golpeando incesante sobre las hojas del limonero del patio, el que usa Luna como paraguas cada una de las veces que ocurre. Estoy convencido que este cielo ya lo vimos y hoy, tanto tiempo después, le otorgo a las nubes la misma y caprichosa forma que le supimos dar ese día de enero que seguramente tampoco ocurrió.

Mi condena no es cargar con la finitud de la vida sino con la caducidad de los recuerdos. Es probable que el vicio de escribir me haya convertido en un redactor de grandes anécdotas que no lo han sido tanto. Es probable. Lo real es que ya no te recuerdo tan claramente como quisiera. Sé tu nombre, la edad que tendrías, tu número de documento y hasta recuerdo el número de legajo que tenías en tu trabajo. La fecha en que te casaste y la fecha en que te fuiste. Pero las matemáticas no me ayudan a recordar el tenor de tus abrazos, la calidez de las palabras que lanzabas cuando me mirabas a los ojos, la duración de los momentos que pasamos mirando el ventilador mientras escuchabas conmigo algún partido de Talleres, las innumerables discusiones estériles que manteníamos aferrados a la excusa del temperamento; ya no recuerdo si las caricias en mi pelo las hacías con la mano derecha o con la izquierda o la tibieza que dejabas en la silla donde te sentabas; no recuerdo eso y tantas otras cosas más. Las nimiedades más absurdas que, a veces, son las más importantes. El tiempo pasa y el ayer apenas es una mera construcción narrativa que te enaltece más allá de lo que vos misma desearías, lo sé.

Y llega así este día y te recuerdo, con la triste convicción de que el resto del año lo hago cada vez menos o con menor intensidad. El tiempo me atraviesa la carne como un puñal de filo tramposo y quirúrgico que apenas alcanzo a percibir una vez al año, recién cuando veo el mango hacer tope contra mi esternón y me cargo de angustia y de culpa.

Las peores verdades son las irrefutables. El tiempo pasa y eventualmente moriremos, pero lo que vivimos nos va abandonando antes para que no olvidemos que tenemos fecha de vencimiento. Aprendí que esa pena es lo que debo cargar mientras viva, pero también aprendo cada día que la muerte se parece menos a la tragedia y más a la posible redención de tu abrazo. Entonces la espero sin miedo. Como el guerrero que cuida el bosque esperando que otro venga a matarlo para ocupar su lugar. Estoicamente. Sabiendo que el fin está cerca y que un nuevo comienzo, también.

jueves, 18 de octubre de 2012

La primera infidelidad

Pasó tres días eligiendo la ropa, los zapatos y el perfume que iba a usar ese día. Fue toda anticipación y adrenalina desde que la casualidad o tal vez, ¿por qué no?, la causalidad la reencontró con su exnovio de la secundaria.
Quiso la noche y sus misterios que se cruzaran en ese bar al que ella iba sábado por medio con sus amigas. Fue él quien la reconoció a pesar de estar tan distinta y se acercó con una sonrisa de genuina sorpresa.
Quién hubiera imaginado que aquel adolescente desgarbado y tímido se convertiría en este hombre alto, apuesto y de sonrisa perfecta que tenía frente a ella. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando él la abrazó y pudo sentir su perfume y la firmeza de sus brazos alrededor de la cintura. Tuvo un déja vù que la trasladó a esa época en la que eran menos adultos pero más despreocupados de las reacciones físicas y químicas.
Y de pronto, en un instante, ambos fueron conscientes de cada milímetro del cuerpo de uno en contacto el otro. Ella pudo sentir sus tetas aplastadas sobre el pecho ancho y duro de él, los vientres pegados, las entrepiernas demasiado cerca. Notó que él tampoco era indiferente a la cercanía física y se soltaron con torpeza. Hablaron un rato largo de sus vidas y sus circunstancias actuales.
Ella habló de su estable convivencia en pareja que ya llevaba varios años y sus planes en común. Él le contó de su soltería eterna, los viajes y sus ganas de abandonar por un tiempo la vida nómade. Entretanto se miraban, se exploraban midiéndose y descubriéndose. El tiempo los había cambiado y eran, de algún modo, dos extraños.
Las amigas de ella miraban a distancia prudencial riéndose y especulando.
Se despidieron a desgana pero acordaron verse pronto. Intercambiaron sus números telefónicos, un último abrazo formal y cada uno acabó la noche por separado.
Sin embargo en los días subsiguientes no pudo dejar de pensarlo. Se sentía un poco culpable. Varias veces despertó a mitad de la noche con la piel hormigueando ahí donde había estado en contacto con él. Sonreía a oscuras en la cama que compartía con su compañero de hastío .
Nunca antes se había planteado a sí misma la posibilidad de ser infiel, de fijarse en otro hombre y desear físicamente a alguien más. Hasta ese momento siempre pensó que estar con alguien, en pareja,  la mantenía al margen de ese tipo de tentaciones. Que tenía todo lo que una mujer necesitaba y que estaba completa.  De pronto la realidad la sorprendió de forma nada sutil considerando seriamente la fantasía de llegar compartir la intimidad con alguien más.
Una corriente de adrenalina la recorrió de pies a cabeza y le erizó la piel. Se imaginaba planeando excusas, pequeñas mentiras y alteraciones de la rutina y la agenda para programar un encuentro furtivo. Y lo más emocionante de todo era que había logrado transformar la incipiente culpa y el malestar en euforia y audacia.

Una mañana finalmente, él llamó. Le dijo que deseaba verla y sin pretextos agendaron hora, fecha y lugar.
No hicieron falta muchos eufemismos ni preámbulos. El deseo era denso y palpable, ambos lo sabían. La llevó a su casa y apenas hubo cerrado la puerta la tomó por las caderas y, apoyándola contra la pared, la levantó enredándole las piernas en su cintura. No dejaba de besarla mientas la desnudaba seguro y con manos urgentes.
Fue desenfrenado, intenso y casi desesperado. Una danza pagana de piel, sudor, uñas y dientes. No hubo palabras incómodas o torpes. No hubo preguntas ni respuestas forzadas.
Fue el primero de muchos jueves durante casi tres años. Esta nueva realidad la obligó a replantearse el concepto de amor y libertad, redefiniendo el respeto en base a la discreción.
 Fue su primer amante, la infidelidad que daría inicio a un camino de goce sin culpas. Pero no fue el último (si es que se lo preguntan).


martes, 16 de octubre de 2012

Las mujeres de Aumsville

Por Martín



Para una mujer joven ese lugar era el infierno. Se contaban historias y se desoían advertencias pero nada se supo hasta que llegó, de casualidad, un periodista perdido. Y así la televisión, y sus luces y su escándalo contaron al país eso que todos en el pueblo sabían: Aumsville registraba el número de violaciones cada mil personas más alto del mundo.

El comisionado Chesterton era un viejo sabueso sin modales y sin miedos. En dos meses de exitosa labor limpió la ciudad de atacantes. Muchos terminaron en la cárcel. Los peores fueron borrados de la faz de la tierra sin siquiera un registro que pruebe que existieron. Las mujeres se sintieron a salvo por primera vez, pero en los ojos de los hombres los policías sólo hallaron odios y amenazas.

El gobierno estaba contento con el resultado y aliviado de que ese pueblo de mierda por fin haya salido de la escena de los medios. «Cuando nos vayamos va a empezar de nuevo» pensó Chesterton, «nada más hay que ver a esos tipos semianalfabetos y aislados afilándose los colmillos.» Supo que tenía que hacer algo por esa gente, incluso cuando implicaba destruirse a sí mismo.

Un día antes del fin de la misión
 una estudiante fue atacada al salir de clases. El departamento extendió la misión por tres meses más. Chesterton se emborrachó esa noche por primera vez desde que había enviudado.

Desde entonces y cada tres meses, una mujer joven es violada en Aumsville por desconocidos que nunca son identificados. Todos están de acuerdo en que, antes de que llegue el comisionado, nunca el pueblo había estado tan tranquilo.

jueves, 11 de octubre de 2012

Armonía

Sábado a la noche de mujeres con ganas de hacer algo divertido para el blog desde Twitter. Idea: jam de escritura espontánea por turnos. 
Pero, ¿jam no significa mermelada? No entiendo.

Nos encontramos las cuatro vía Skype para superar las distancias. Nervios y emoción. Durante la semana surgió la idea de hacer un "cadáver exquisito" en vivo y espontáneo en el Timeline.

Obviamente, los primeros momentos fueron de reencuentro y ponernos al día sobre nuestras cosas.
Elegimos el momento y la manera de llevarlo a cabo. Nos faltaba todo lo demás, las variables e imponderables.
Hay historias que son fáciles de contar a muchas voces porque todos las hemos vivido y nos son comunes en la experiencia. Por eso elegimos como tema: «la despedida».

En esto de la espontaneidad y la expectativa por hacer algo nuevo se evidenciaban las maneras de reaccionar personales de cada una de nosotras: Mar, sintética y decidida; Eva, obsesiva y demorando una eternidad para apretar el enter; Noe, puteando con los caracteres que le sobraban; Clara, riéndose indecisa sobre borrar o no un error. Y todas leyendo las menciones y viendo favs y RT, que para sorpresa de nuestro juego endogámico, no se demoraron en llegar.

No fue fácil pero sí muy divertido. Totalmente espontáneo y libre de estructuras.
El resultado se los mostramos acá con los agregados de esa gente increíble que siempre está dispuesta a jugar y que nos hizo estallar en carcajadas y sorprendernos. Porque a veces más allá de la escritura y del producto final, el proceso es fundamental. No contábamos con sumar la espontaneidad de terceros que se ganaron un lugar en el final.

Y de pronto nos dimos cuenta que más allá de jugar y divertirnos nosotras, siempre te pueden sorprender  personas que, sin darse cuenta tal vez, te regalan sonrisas.

lunes, 8 de octubre de 2012

El ascenso

Por Loplau

Quizás la relación era perfecta. Ajustada a los tiempos, a nuestra realidad e inclusive a nosotros mismos. Nos reíamos desnudos. Hablábamos mucho. Comíamos en la mesita ratona del living con música de fondo y, a veces, ahí mismo bailábamos abrazados. Era un escenario fastuoso de cuatro paredes y nosotros, los mejores actores. Todavía no sé qué era más placentero: mirarnos o escucharnos. Después nos emborrachábamos en la cama y de vez en cuando, dormíamos.
La claridad y la convicción de que lo que sentíamos era amor tuvo tanta fuerza que no la pudimos dominar y quisimos más. Un rango artificial mayor, un insignificante progreso, un ascenso que nos diera importancia, calidad y reconocimiento. Había llegado el momento de abrir el telón y presentar esa obra maravillosa. Queríamos ser novios. Novios o nada. Era necesario, urgente. 
La voracidad de que el resto viera lo que teníamos, la necesidad de que aplaudan nuestro amor, nos fue convirtiendo en perversos. La gracia ya no era bailar, queríamos que nos vieran hacerlo. No queríamos más vivir nuestro romance, queríamos vivir de él. Nos olvidamos de sentir amor, solamente lo queríamos mostrar. Fue tanto el éxito, que a veces nos sentíamos cansados. Ya no nos reíamos desnudos. A menudo hablábamos. Preferíamos comer en un restaurante. Nos emborrachábamos en un bar y en la cama se dormía.
Con el recuerdo de lo que habíamos sido al principio, sumado al apuro porque nada se rompa, decidimos convivir. Una convivencia como sinónimo de progreso y no de amor. Ni siquiera de ganas. Ya no podíamos bajarnos de ese escenario. Nos fuimos convirtiendo en actores de una presumida comedia que no hacía más que alimentar un vicio, el de estar en boca de la gente. El vicio de la mujer que grita: ¡Miren, este hombre es mío! Y el del hombre que, aunque sin gritar, hace notorio que esa mujer le pertenece. No era más que eso: pertenencia. Nos pertenecíamos y nuestra pareja sólo era válida porque el resto nos asumía como tal. Aunque ya para ese entonces, nuestro amor estaba en ruinas, y nosotros, ya nos habíamos vaciado.
Hoy, nuestro amor sigue en boca de todos. Ya no nos reímos. Hablamos del clima. Comemos en el comedor. Nos besamos en público, solamente. Nos emborrachamos por separado, con nuestros amigos y seguimos durmiendo, a veces, con otras personas.




jueves, 16 de agosto de 2012

lunes, 30 de julio de 2012

Silencio (o Historia de un herrero chino)


                                                                                         Fotografía de Cyril Byrne


           Hay quienes dicen que fue hace muchos años, algunos sostienen que no pasó tanto tiempo y otros, los menos, aseguran que el herrero aún no nació pero que lo hará y vivirá de acuerdo a esta historia (para ellos, profecía). La habitual aplicación del sistema de mayoría simple ha resultado en que la tradición oral, por la cual llegó a mis oídos el siguiente relato, lo trate de pretérito. Sobre el resto no existen más que algunas disgresiones anecdóticas entre las distintas facciones. Concuerdan todos en que el herrero era un hombre triste o, más bien, un melancólico resignado a una tristeza que no disfrutaba pero reconocía, no solo como propia sino también constitutiva, característica, definitoria. Tanto que el hombre dedicaba muchas horas a escribir sobre su tristeza (declaraciones de vecinos y de algunos clientes que no pudieron ser, sostienen que llegó a pasar varias semanas escribiendo, encerrado, hasta que el hambre lo obligaba a encender la fragua otra vez).

    En su último (y quizás el único) retiro prolongado el invierno lo sorprendió con el estómago vacío y sin leña. Atormentado por el hambre ideó una solución: quemaría algunos de sus escritos para cocinar una sopa y con algo caliente en el estómago saldría a buscar leña para poder reactivar el negocio. Usar cuadernos en blanco le pareció un despropósito; no quiso quemar posibilidades. Buscó una carretilla y la cargó con los más antiguos, aquellos en los que ya casi no se reconocía; fue hasta la cocina, hizo una pila en la hoguera y los encendió. A esta altura del plan, que estaba cumpliendo perfectamente, se detuvo.
Había comenzado a sentirse mejor pero no podía continuar con la sopa; no ahora que una duda lo asaltaba, no ahora que una línea de pensamiento le señalaba una hipótesis. Se volvió sobre la carretilla, tomó algunos cuadernos más y los arrojó al fuego. La inmediata sensación de bienestar le sirvió como prueba rotunda: quemar aquellas hojas de alguna manera lo hacía sentir bien; el fuego cambiaba tristezas por felicidad; olvidó el hambre y el frío; buscó más cuadernos. La tercera carretilla lo encontró cantando. No pudo dejar de bailar mientras arrojaba los cuadernos recolectados en su quinta incursión a la biblioteca. Al séptimo viaje la euforia ya se había apoderado de él; era un autómata adicto a la felicidad.

        Notó que recuperaba la lucidez cuando se vio observando el fuego que ya consumía las últimas páginas. Quemó cuadernos en blanco y solo logró descubrir, confirmando sus sospechas, que no funcionarían de la misma manera. Quiso volver a escribir sus páginas más recientes pero no recordó absolutamente nada. Consideró y descartó la idea de escribir tristezas inventadas. Nuevo plan: esperar. El frío y el hambre no tardarían en retomar el control, entonces podría escribir nuevamente, llenaría nuevas páginas con tristezas que arrojaría a la hoguera para cambiarlas por alegrías. Esperó algunos minutos pensando en la secuencia que seguiría, anticipándose un instante a cada consecuencia. Las anunció mentalmente e inmediatamente ocurrieron: ligera sensación de frescura, leve inquietud, incipiente molestia estomacal, enfriamiento de nariz y orejas, asomo de nerviosismo, dolor de estómago, escalofríos, acidez. ¿Combustión espontánea? Desconcierto, comprensión plena, nada.

lunes, 23 de julio de 2012

Jugar a la casita

No bien se cerró la puerta y hube de quedarme sola, preparé unos mates y respiré hondo. Me miré fijo en el gran espejo del living y dije (en voz alta para darle mayor credibilidad): 
—Ahora vivís sola. Sos tu propia madre.

Convencida de que en esta etapa sería más responsable emprendí la tarea de acomodarme al espacio desconocido y a los nuevos ruidos, porque vivir en un departamento implica convivir no sólo con un montón de gente sino también con sonidos varios. Y allí estaba, desayunando con la discusión del matrimonio de arriba, almorzando con el noticiero de la viejita sorda de al lado y con el placer de la chica y su novio a toda hora. Sola y a la vez acompañada.
Superada la cuestión espacial de mi cocina (minúscula, pero para mí sola creo que estaba bastante bien) iba a poder lucirme gracias a toda la experiencia recogida observando a mis abuelos cocinar durante años. No, no salió como pensaba: los primeros fideos fueron muy (destaco muy) al dente y comí infinidad de revueltos de papa hasta que encontré el punto justo de la tortilla. Y nada de andar desperdiciando el dinero, porque los primeros dos meses, por un pequeño error de cálculo, la mensualidad duró diez días. Por suerte, mi madre venía a visitarme cada quince días  y compraba víveres como para tres meses que, con un poco de suerte, no se ponían feos en el intento terminando en la basura. Ella también tuvo que aprender de mi nueva etapa.
La fantasía de la independencia dura dos domingos, día en el que querés que te despierten al grito de «ya está la comida» a pesar de cualquier resaca, tener la ropa con olor a limpio doblada en el placard y no sentirte un esclavo de tanto silencio.
Muy lentamente —y contra todo pronóstico— las paredes de tu nuevo hogar dejan de verse pálidas, aprendés a querer los ruidos ajenos e incorporás los propios (cuenta la leyenda que quien vive solo suele prender la tv o la radio sólo para sentir una compañía) y a veces no te parece tan mala idea el silencio sepulcral.


Un día, mágicamente, volvés a tu antigua casa a pasar un mes de vacaciones… y a la semana querés volver a las cuatro paredes de siempre. Ahí te das cuenta que superaste la prueba: tu casa es ahora tu espacio. Empezás a organizarte para que el hogar y la billetera no parezcan de post guerra; los domingos, con o sin resaca, desayunás y almorzás en un solo acto y te malcriás como tus padres lo harían. 
Ese, tu lugar, se transforma en una imitación del de tus padres pero más moderno y decorado según tus gustos. Lejos y absurda te resulta la idea de convertirlo en un antro de excesos, al menos no los siete días de la semana.
Y así te hacés dueño de tu vida, musicalizando el desayuno y la discusión del matrimonio de arriba, almorzando  y estudiando con el noticiero de la viejita sorda como si fuera una brisa y con el placer de la chica y su novio como un despertador y/o una excusa para salir de casa ( hay que ser tolerante pero no masoquista). Sola y acompañada, cuando y con quién tenés ganas.


Durante mi estadía no recibí quejas y ningún vecino me retiró el saludo, ni siquiera la señora del 7mo. piso que arrojó 3 litros de agua en mi patio sugiriendo que bajara el volumen de la música aquel martes promediando las 4 de la madrugada.
En definitiva, creo que no fui tan mala propia madre… y me independicé de ese rol sin necesidad de mudarme nuevamente.


lunes, 16 de julio de 2012

El caso Jean Croze

Por Alplax2mg




En el pabellón de visitas, Gustave se acomodó sobre un taburete de pino y se dejó caer sobre la larga mesa abatido. De tanto en tanto se llevaba un pañuelo a la frente para enjugar el sudor. Estaba allí para comprobar la coincidencia en la que había reparado su amigo, el periodista Victor Craven.
Dos meses atrás, Gustave había enviado una carta a Victor que comprendía un relato inacabado de su autoría y una breve misiva donde solicitaba su ayuda sobre ciertas dificultades técnicas que lo demoraban en la escritura. Un par de semanas después obtuvo una respuesta insospechada. Victor le agradecía, no sin sorna, por haber elegido como eje de su relato un caso policial que él hubo cubierto cuando trabajaba en Le Parisien libéré. Para su desconcierto, en el sobre se adjuntaban fotocopias de los artículos periodísticos.
Por un momento Gustave pensó que era una picardía de su amigo, también especuló conque el relato quizá fuera fruto de su distracción. Renunció a tales ideas el día siguiente, cuando dio con el caso, al llevar a cabo un examen minucioso en el archivo del periódico, y notó que las referencias, desde los personajes y las circunstancias hasta los espacios y los tiempos, eran fieles a las de su historia.
Jamás había leído la noticia, si bien encajaba de forma precisa con la maquinaria de su propio cuento. Los acontecimientos se duplicaban prodigiosamente en ambas dimensiones: la ficción y la realidad. Gustave no pudo sino convencerse de que los hechos reales eran producto de su pluma.
El caso grosso modo era el siguiente:
El terrateniente François Roche había sido asesinado de siete puñaladas en su château rural del Valle del Loira. Las huellas dactilares halladas en el arma homicida atribuían el salvajismo a Jean Croze (joven amante de Céline Benoît, la esposa del magnate), quien ahora cumplía condena en Fleury-Mérogis. Céline permanecía internada, tras una crisis nerviosa, en un hospital psiquiátrico de la Rive gauche de París.
Gustave, fascinado por la casualidad (o, acaso este término sea más apropiado, la causalidad), ideó un viaje al distrito de Évry para visitar a Jean, su personaje, en prisión.
Ahora lo esperaba, con la cabeza entre sus brazos, tras una dura madrugada destinada a la tarea –inútil, ya que no lo consiguió– de culminar el cuento; apenas había dormido un cuarto de hora durante el viaje en tren.
Al otro extremo del oscuro corredor, Jean franqueó las rejas, escoltado por un guardia y esposado de manos. Se sentó frente a Gustave, quien atónito reconoció sus rasgos: los ojos afilados, la quijada rectangular y autoritaria, la cicatriz sobre la ceja derecha, el cabello renegrido... Tal cual lo había imaginado.
El escritor, que luego de unos titubeos simuló ser el nuevo abogado de Jean, escuchó la historia en boca de su personaje. El prisionero repasó el caso, con lujo de detalle, ignorando que Gustave era su creador. Al finalizar el tiempo de visita, Gustave se retiró desconcertado, pero no sin la convicción de que el destino de aquel hombre estaba en sus manos.
En el hotel se resolvió a finalizar el relato. Frente a su Olivetti escribió cuanto se le vino a la cabeza, sin detenerse en asuntos frívolos ni accesorios. Hacia las cuatro de la madrugada, fatigado, se quedó dormido.
El servicio de habitación lo despertó cerca del mediodía. Exaltado se incorporó, guardó el cuento en un bolsillo de su levita y salió de la habitación. En el bar del hotel pidió un café irlandés y el periódico del día. Se topó con la noticia en primera plana. Jean se había fugado de la cárcel y la Sûreté Nationale estaba tras sus pasos. Indagó el artículo para verificar los detalles que había urdido durante la víspera, pero para su asombro no dio con ellos. Cuando desplegó el cuento, notó que aún no los había escrito. A su pesar, ya era muy tarde para hacerlo; el tiempo corría a contrarreloj para Jean, debía actuar pronto. Pagó el café y con el cambio hizo una llamada desde la cabina telefónica de la esquina.
—El cuerpo de Céline Benoît fue arrojado al Sena desde el Pont Saint Michel— dijo con un tono forzado y colgó.
Volvió al hotel y en su habitación se deshizo del relato, entregándolo a las llamas, como hubiera hecho un abogado defensor con las pruebas incriminatorias de su cliente. Acto seguido, armó sus maletas y se retiró.
Cinco días después, en su departamento de Montpellier, oyó la noticia en la radio. Habían hallado el cadáver de Céline y aún continuaba la pesquisa de Jean. Gustave sonreía displicente, mientras imaginaba a la policía en la perpetua busca de un fantasma.


lunes, 9 de julio de 2012

miércoles, 4 de julio de 2012

Color de cielo



Tenía los ojos de un color muy parecido al del cielo, se llamaba José.
Fue amor a primera vista, que ahora que lo pienso una le llama así a una serie de elucubraciones bastante frágiles que se hace con el otro basadas en la nada. —Hacerse los rulos—diría mi abuela.
En ese momento para mí el amor a primera vista era ver más allá.
Y yo vi.
Afortunadamente todos los días compartíamos espacio y tiempo, yo – y los que me conocen saben que esto es heroico empecé a levantarme más temprano para cuidar obsesivamente algunos detalles de mi apariencia: me lavaba los dientes, sonreía en el espejo fingiendo situaciones en las que él me hablaba  y entraba  sigilosamente  en la habitación de mi abuela a robar unas gotitas de su colonia favorita, para colocarlas siguiendo la sabiduría popular, una  detrás de cada oreja.
Un día estábamos en plena labor cuando una chica se acercó a él, lo saludó y se abrazaron efusivamente.
Sentí en la panza una mezcla de sensaciones desagradables como si se me prendiera fuego todo por dentro y de repente tuviera la necesidad imperiosa de gritar. No grité, ni me quemé, pero fue complicado soportar así nomás que aquellos ojos de color muy parecido al del cielo miren con una especie de admiración y agrado hacia  otro lugar, otra persona.
Estuve por un tiempo sombría y callada, apenas tenía hambre y daba vueltas todas las noches en la cama, pero siempre más para mi mal que para mi bien; he sido mujer de armas tomar o un hueso duro de roer, como me decía mi abuela asiduamente.
Una mañana como cualquier otra, que transcurría entre bostezos y ausencia de sobresaltos, la misma chica de antes se acercó a José y se pusieron a conversar olvidándose del mundo. (De mí, ¿para qué vamos a engañarnos?, si era lo único que me importaba).
Esta vez, sin embargo, a pesar del ardor en la panza me paré y dije en voz alta y temblorosa:

—José, yo quiero ser tu novia.

Después de eso, recuerdo vagamente y sin precisión lo que ocurrió: risas generales, los ojos de José mirándome entre preocupado y sonriente y yo sintiendo su cielo más lejano que nunca. Mis cachetes hirviendo aliviados apenas, por unas lágrimas corriendo por mi cara. Creo haber salido corriendo.
Y de lo que no pude escapar fue de llevar en el cuaderno de comunicaciones la siguiente nota:



sábado, 30 de junio de 2012

Al fin, el fin

Por Luciano Arrabal



Cuando esa madrugada de mayo tibio Martita rondó las periferias de su departamento sospechó que lo bueno había pasado ya. Abrió la puerta de golpe. Esperaba  que su gato la oyera entrar y prendió la lámpara que luminaba dos revistas y un volumen de historietas sobre la mesa. Ni el minino negro la aturdió con maullidos, ni la luz tenue le cegó las pupilas.

Hojeó semidesnuda las viñetas. Una cara expresiva de tan triste le habló desde una página cualquiera de El Eternauta.

Hay ficciones irreales, piensa.
No, se contesta. Hay aficiones reales, se convence.

Había que verla. Allí. Sentada.  Con la mirada perdida en las viñetas de la vida.

Habría que haberla visto ayer. O tal vez antes, años antes, cuando una noche su personaje (mejor no demos nombres, che) le leyó en la mirada lo que ella quiso que le leyeran.  La borra de la vida en una copa y las líneas de los ojos en un cortado. Mala la leche y mala la vida.

Hay que verla ahora desde la viñeta viviendo el fin del personaje al que le abrió las hojas de par en par. Que le leyó la vida y del que nunca supo ni una palabra. Porque, piensa Marta, ya no hace falta verla, ustedes leen en estos ojos, eso que ya no duele.