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jueves, 31 de enero de 2013

Leonadios

                                                              Foto de @rizagara (Instagram)


por @DrBion


De las razones íntimas, sabemos poco. Sí sabemos que se sentó en la plaza, en el desconocido intersticio que hay entre invierno y primavera; que los zapatos de cuero no llevaban medias y que pretendía conjurar el tiempo y la razón. Ya había tenido emociones y había lidiado con ellas (sus vísceras que no sabían lo que era una metáfora daban testimonio).
Los primeros meses no despertó asombro en el barrio. Los abandonados apenas se movían más que él. Nadie lo vio alimentarse pero ya corría el absurdo de que devoraba hormigas. Los inquietos niños que se le acercaron no se maravillaron de su inmovilidad sino de su infinito sosiego. Alguno le habló y de él salió un tono grave y claro, pero sus labios siguieron firmes. Esas palabras se perdieron (o se falsearon), pero de ahí se infiere su propósito y su fin, libre de tribulaciones. Dicen que dijo, sí, dicen que dijo llamarse Leonadios.
La curiosidad sobrepasó al barrio. Entonces llegaron los psicólogos. Estirpe incapaz de pensar lo desconocido (y aún lo que escapa a la estadística), no quisieron dialogar sin pastillas y menos sin televisión (eran tiempos extraños: Crónica TV había desaparecido, Facundo Pastor perseguía chocolateros en los trenes). La gente insistió y ellos, ante la posibilidad del marketing, lo intentaron. No podemos decir que Leonadios se desanimó (había desdeñado los sentimientos), pero juzgó inoportuno seguir conversando con gente poco instruida. El barrio los echó pacíficamente.
Tenía los ojos ya negros y la barba lo tomaba por asalto. Algunos acamparon en la plaza, creyéndolo un ángel (o un mítico parrillero que ahora habita Alfa-Centauro). El respeto sólo era, para él, una idea; pero hubo quien creyó adivinar una deferencia hacia sus seguidores en sus sibilinas musitaciones. Uno le arrojó una piedra. La sangre demoró en brotar, no era azul ni roja, pero era a la vez azulirroja. Se formó una secta de aduladores inmediatos. En principio, pidieron su favor o, al menos, una palabra de aprobación. Enarbolaron una curiosa ley escrita y pretendieron que se tomara por Sagrada. Luego, la letra que explicaba la ley. Finalmente, una ley oral que se propagaba en guitarreadas. La puerilidad de sus fines no perturbó a Leonadios. Entonces, lograron que se les otorgara personería religiosa. Se limitaron a olvidarlo y a recolectar dinero.
Su pelo iba aclarándose cuando llegaron los literatos. Despreciaron el diálogo, para no contaminar al objeto- musa. Sin ideas, ensayaron citas que mostraron los alcances de la memoria de Onán. Un temerario garabateó la primera línea (según reconstrucciones, decía: «De las razones íntimas, sabemos poco»). Otro ejerció la crítica. No demoró un visionario en redactar la crítica de la crítica. Algunos agudos observaron que el verbo saber había sido usado por un escritor en un sitio de Internet (acompañado por la imagen de un pre- socrático de rasgos inciertos) y que el adjetivo íntimo dejaba demasiado al descubierto: la famélica línea del horror que (tal vez) anuda al Arte con la Realidad. Debatieron con rigor y propusieron la modificación de la línea en otra (a su juicio) insuperable: «De las razones íntimas, sabemos poco». El barrio, poco leído, no pudo comprenderlos. Salieron con las piedras.
Alguna vez llegó la policía. Dijeron haber recibido una denuncia sobre un masculino que alborotaba al público y se hacía llamar Dios. La gente ya había decidido cerrar la plaza. A los agentes los acomodaron como pudieron. Las carpas tapaban el verde. Nadie entra, nadie sale; anunciaron vecinos a quienes no les interesaba el misterio sino el orgullo de tenerlo. De entre todos eligieron a uno para que hablara con él. Confusos en la precaución quisieron prepararlo para el momento.  Lo dejaron ciego por temor a su mirada. Cuando llegó el equinoccio lo sentaron. El vocero trató de hablar.
Leonadios se puso de pie. Su pelo blanco ya era luz. La barbas penetraron los poros en camino regrediente. Lentamente fue desentendiéndose del mundo. La llama en sus ojos fue lo último que vieron. Dicen que se fue a la Razón (donde también está el Amor) que, dicen, es una idea.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Se dice mentira cuando se dice final

Por Morocha_SG

Les traigo noticias: no tenemos (ni por casualidad, ni por milagro, ni por magia) la capacidad de terminar con nada.

Cuando alguien se aleja pensando que esa es la manera de asesinar su presencia, ya está —sin saberlo— volviendo a empezar en otro lugar. Y cuando alguien se muere, nace alguien; y si no, nace un dolor que pasado un tiempo se irá convirtiendo en un recuerdo imborrable. 

Nos hemos pasado años, vidas enteras creyendo que bastaba tomar una decisión para dibujar un punto final. No es tan sencillo ni tan complejo: simplemente es imposible.

El punto que cae pesado, bruto, implacable después de una palabra escrita también nos abre la puerta a lo que pasará luego dentro de nosotros. Esa tristeza, alegría, dolor profundo o inquietud que generó lo que leimos está comenzando. Y todo es guión, coma, puntos suspensivos, dos puntos, espacio.

Nos han dado el punto final para entretenernos mientras el mundo sigue sucediendo. 

El anzuelo ineludible es la debilidad de creernos fuertes.  Pero fuerza tiene el agua que limpia, barre, baila, suena, moja; y después de todo eso, vuelve a buscar su cauce y sabe hacia dónde ir. Y si no la dejan pasar: rompe.

Y así, tal vez algún día tengamos la suerte de entender que el secreto no es terminar, sino saber dónde y cuándo volver a empezar.



domingo, 18 de noviembre de 2012

Maquillar la vida


Por Gabuleta




Me maquillo tapando defectos que no existen, queriendo tapar tristezas que sí lo hacen. Me peino, me visto, me miento. Elijo los zapatos, la cartera, los gestos. ¿Qué sonrisa me pongo hoy? Me miro al espejo y elijo una. «Bueno, esta sonrisa me queda mal», pienso, mientras elijo otra. Otro peinado. Más rubor. La palidez de la mañana desaparece. La angustia de la noche también.  Me disfrazo como se disfraza alguien que va a animar una fiesta infantil, pero yo sólo me voy a animar mi vida. En realidad, la vida de los otros.
«Estás siempre coqueta», «estás siempre riendo». Un trabajo bien hecho, parece.
Uso maquillaje que compro en un negocio y unas sonrisas que no sé de dónde saco. Me río de que lo extraño, me río porque no me sale, me río de que tengo miedo. Me río porque reírme es el maquillaje que oculta lo que realmente quiero esconder.
Me maquillo y me río como quien pinta una casa llena de humedad. Pintala. Adentro está destruida, de todos modos. Pero el barrio la ve linda, las visitas la ven linda, en las fotos sale linda. Y eso parece ser lo que importa. Hasta que un día, alguien le pegue fuerte a la casa, hasta que alguien me pegue fuerte, y todo se derrumbe. Cuesta mucho mantener cuidado el jardín que oculta la casa destruida.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Algo así

Por Gemiliano

Te miro. Observo todos tus gestos mientras describís el viaje por París. 
A mí me gusta que me hables y yo poder mirarte. Porque me conecto con tu infinita energía y me lleno de vigor con tus palabras.
Me contás cada detalle del viaje. La inmensidad de la Torre Eiffel. Las comodidades del hotel donde estuviste alojada. Y algo de los negocios, claro. Presto atención porque me interesa. Porque realmente me interesa lo que te pasa. Y además, porque siempre fue así y ya no puedo cambiar eso.
Te observo concentrado.
Tu cálida mirada hace que las instalaciones del bar se aprecien menos frías.
Y yo sigo observándote mientras revuelvo el café. Pretendo tomarme el líquido ya frío de un solo sorbo. 
Gesticulás mucho. Me encanta. Siempre fue igual. Contás el paseo por la Costa Azul. Maravillada de ese nuevo paisaje  recién descubierto. Te escucho atento.
Después de tres cafés fríos y dulces nos levantamos. Te arrimo el saco a la espalda, te abro la puerta y nos retiramos. S'il vous plaît. Merci.
Seguís hablando de tu viaje. Caminamos despacito por Esmeralda mientras encendemos un cigarrillo. Nos reímos como tontos enamorados. Y recordamos el primer paso: Villa Gesell, verano del  ‘97. Allí, la vorágine por los viajes ya había comenzado.  
Intercalás recuerdos con las nuevas experiencias, siempre con ese toque de humor que te caracteriza.  Se te cristalizan los ojos de la emoción al recordar París. Y claro, entiendo que no es para menos.
Presto atención a cada paso tuyo por La Ciudad del Amor, mientras planeo mentalmente mi escapada a Cabo Polonio, para relajarme y olvidar —entre otras cosas— tu dulce mirada.


domingo, 21 de octubre de 2012

La caducidad del recuerdo

Por Juan Pablo

Las peores verdades son las irrefutables o, mejor dicho, aquellas por las que no podemos hacer nada y permanecen ahí; las que nos han visto nacer y nos verán morir invariables, suspendidas y eternas mientras lo finito nace, ocurre y finaliza. Quizás esa sea la pena que algún estamento divino les ha entregado para purgar, acaso, esa virtud.

El tiempo pasa. Los años lo acompañan y nosotros los vemos recorrer nuestro cuerpo. Crecemos y nos llenamos de marcas que nos lo recuerdan: las grietas que la piel gana en las comisuras de sus pliegues, los intersticios que se van completando y los vacíos que van haciéndose más amplios, los movimientos se van entorpeciendo como la tosquedad de la veta de la madera cuando le gana un poco la humedad. Aprendemos, maduramos y nos hacemos conscientes. Vivimos con la muerte como un factor inminente pero indefinido. Algunos encuentran en eso algo trágico, otros simplemente aspiran a ese momento buscando un poco de redención.

El tiempo que arruga los cuerpos también aja el recuerdo. Tal vez es una coincidencia que en este momento, mientras escribo estas líneas, suene en la lista de reproducción el Réquiem de Mozart. O tal vez no y en mi mente siempre haya estado presente. No sé, ya no sé qué es real y qué no; me es imposible determinar lo factible de lo deseado; lo transcurrido de la fantasía. No puedo afirmar, a ciencia cierta, si el aroma que asocio a tu pelo sea el tuyo o sea el de los malvones del vivero de la calle Baradero. No puedo acordarme si lo que charlamos esa última vez era tal como lo recuerdo o si sólo le puse alguna nota al pie a una escena que fue silencio y despedida. Creo, con una angustia rotunda, que la mayoría de las cosas que pienso las he volcado más desde un lugar literario y mágico que desde la realidad misma.

El tiempo ha ajado mi memoria y esta, quizás, sea la pena que yo mismo debo sostener. La lluvia que hoy veo probablemente la hayamos visto juntos, golpeando incesante sobre las hojas del limonero del patio, el que usa Luna como paraguas cada una de las veces que ocurre. Estoy convencido que este cielo ya lo vimos y hoy, tanto tiempo después, le otorgo a las nubes la misma y caprichosa forma que le supimos dar ese día de enero que seguramente tampoco ocurrió.

Mi condena no es cargar con la finitud de la vida sino con la caducidad de los recuerdos. Es probable que el vicio de escribir me haya convertido en un redactor de grandes anécdotas que no lo han sido tanto. Es probable. Lo real es que ya no te recuerdo tan claramente como quisiera. Sé tu nombre, la edad que tendrías, tu número de documento y hasta recuerdo el número de legajo que tenías en tu trabajo. La fecha en que te casaste y la fecha en que te fuiste. Pero las matemáticas no me ayudan a recordar el tenor de tus abrazos, la calidez de las palabras que lanzabas cuando me mirabas a los ojos, la duración de los momentos que pasamos mirando el ventilador mientras escuchabas conmigo algún partido de Talleres, las innumerables discusiones estériles que manteníamos aferrados a la excusa del temperamento; ya no recuerdo si las caricias en mi pelo las hacías con la mano derecha o con la izquierda o la tibieza que dejabas en la silla donde te sentabas; no recuerdo eso y tantas otras cosas más. Las nimiedades más absurdas que, a veces, son las más importantes. El tiempo pasa y el ayer apenas es una mera construcción narrativa que te enaltece más allá de lo que vos misma desearías, lo sé.

Y llega así este día y te recuerdo, con la triste convicción de que el resto del año lo hago cada vez menos o con menor intensidad. El tiempo me atraviesa la carne como un puñal de filo tramposo y quirúrgico que apenas alcanzo a percibir una vez al año, recién cuando veo el mango hacer tope contra mi esternón y me cargo de angustia y de culpa.

Las peores verdades son las irrefutables. El tiempo pasa y eventualmente moriremos, pero lo que vivimos nos va abandonando antes para que no olvidemos que tenemos fecha de vencimiento. Aprendí que esa pena es lo que debo cargar mientras viva, pero también aprendo cada día que la muerte se parece menos a la tragedia y más a la posible redención de tu abrazo. Entonces la espero sin miedo. Como el guerrero que cuida el bosque esperando que otro venga a matarlo para ocupar su lugar. Estoicamente. Sabiendo que el fin está cerca y que un nuevo comienzo, también.

lunes, 8 de octubre de 2012

El ascenso

Por Loplau

Quizás la relación era perfecta. Ajustada a los tiempos, a nuestra realidad e inclusive a nosotros mismos. Nos reíamos desnudos. Hablábamos mucho. Comíamos en la mesita ratona del living con música de fondo y, a veces, ahí mismo bailábamos abrazados. Era un escenario fastuoso de cuatro paredes y nosotros, los mejores actores. Todavía no sé qué era más placentero: mirarnos o escucharnos. Después nos emborrachábamos en la cama y de vez en cuando, dormíamos.
La claridad y la convicción de que lo que sentíamos era amor tuvo tanta fuerza que no la pudimos dominar y quisimos más. Un rango artificial mayor, un insignificante progreso, un ascenso que nos diera importancia, calidad y reconocimiento. Había llegado el momento de abrir el telón y presentar esa obra maravillosa. Queríamos ser novios. Novios o nada. Era necesario, urgente. 
La voracidad de que el resto viera lo que teníamos, la necesidad de que aplaudan nuestro amor, nos fue convirtiendo en perversos. La gracia ya no era bailar, queríamos que nos vieran hacerlo. No queríamos más vivir nuestro romance, queríamos vivir de él. Nos olvidamos de sentir amor, solamente lo queríamos mostrar. Fue tanto el éxito, que a veces nos sentíamos cansados. Ya no nos reíamos desnudos. A menudo hablábamos. Preferíamos comer en un restaurante. Nos emborrachábamos en un bar y en la cama se dormía.
Con el recuerdo de lo que habíamos sido al principio, sumado al apuro porque nada se rompa, decidimos convivir. Una convivencia como sinónimo de progreso y no de amor. Ni siquiera de ganas. Ya no podíamos bajarnos de ese escenario. Nos fuimos convirtiendo en actores de una presumida comedia que no hacía más que alimentar un vicio, el de estar en boca de la gente. El vicio de la mujer que grita: ¡Miren, este hombre es mío! Y el del hombre que, aunque sin gritar, hace notorio que esa mujer le pertenece. No era más que eso: pertenencia. Nos pertenecíamos y nuestra pareja sólo era válida porque el resto nos asumía como tal. Aunque ya para ese entonces, nuestro amor estaba en ruinas, y nosotros, ya nos habíamos vaciado.
Hoy, nuestro amor sigue en boca de todos. Ya no nos reímos. Hablamos del clima. Comemos en el comedor. Nos besamos en público, solamente. Nos emborrachamos por separado, con nuestros amigos y seguimos durmiendo, a veces, con otras personas.




lunes, 30 de julio de 2012

Silencio (o Historia de un herrero chino)


                                                                                         Fotografía de Cyril Byrne


           Hay quienes dicen que fue hace muchos años, algunos sostienen que no pasó tanto tiempo y otros, los menos, aseguran que el herrero aún no nació pero que lo hará y vivirá de acuerdo a esta historia (para ellos, profecía). La habitual aplicación del sistema de mayoría simple ha resultado en que la tradición oral, por la cual llegó a mis oídos el siguiente relato, lo trate de pretérito. Sobre el resto no existen más que algunas disgresiones anecdóticas entre las distintas facciones. Concuerdan todos en que el herrero era un hombre triste o, más bien, un melancólico resignado a una tristeza que no disfrutaba pero reconocía, no solo como propia sino también constitutiva, característica, definitoria. Tanto que el hombre dedicaba muchas horas a escribir sobre su tristeza (declaraciones de vecinos y de algunos clientes que no pudieron ser, sostienen que llegó a pasar varias semanas escribiendo, encerrado, hasta que el hambre lo obligaba a encender la fragua otra vez).

    En su último (y quizás el único) retiro prolongado el invierno lo sorprendió con el estómago vacío y sin leña. Atormentado por el hambre ideó una solución: quemaría algunos de sus escritos para cocinar una sopa y con algo caliente en el estómago saldría a buscar leña para poder reactivar el negocio. Usar cuadernos en blanco le pareció un despropósito; no quiso quemar posibilidades. Buscó una carretilla y la cargó con los más antiguos, aquellos en los que ya casi no se reconocía; fue hasta la cocina, hizo una pila en la hoguera y los encendió. A esta altura del plan, que estaba cumpliendo perfectamente, se detuvo.
Había comenzado a sentirse mejor pero no podía continuar con la sopa; no ahora que una duda lo asaltaba, no ahora que una línea de pensamiento le señalaba una hipótesis. Se volvió sobre la carretilla, tomó algunos cuadernos más y los arrojó al fuego. La inmediata sensación de bienestar le sirvió como prueba rotunda: quemar aquellas hojas de alguna manera lo hacía sentir bien; el fuego cambiaba tristezas por felicidad; olvidó el hambre y el frío; buscó más cuadernos. La tercera carretilla lo encontró cantando. No pudo dejar de bailar mientras arrojaba los cuadernos recolectados en su quinta incursión a la biblioteca. Al séptimo viaje la euforia ya se había apoderado de él; era un autómata adicto a la felicidad.

        Notó que recuperaba la lucidez cuando se vio observando el fuego que ya consumía las últimas páginas. Quemó cuadernos en blanco y solo logró descubrir, confirmando sus sospechas, que no funcionarían de la misma manera. Quiso volver a escribir sus páginas más recientes pero no recordó absolutamente nada. Consideró y descartó la idea de escribir tristezas inventadas. Nuevo plan: esperar. El frío y el hambre no tardarían en retomar el control, entonces podría escribir nuevamente, llenaría nuevas páginas con tristezas que arrojaría a la hoguera para cambiarlas por alegrías. Esperó algunos minutos pensando en la secuencia que seguiría, anticipándose un instante a cada consecuencia. Las anunció mentalmente e inmediatamente ocurrieron: ligera sensación de frescura, leve inquietud, incipiente molestia estomacal, enfriamiento de nariz y orejas, asomo de nerviosismo, dolor de estómago, escalofríos, acidez. ¿Combustión espontánea? Desconcierto, comprensión plena, nada.

viernes, 22 de junio de 2012

Algo no suena bien

Por @FerminPanadero



Si hacemos silencio, podemos escuchar como desafina nuestra especie. De a poco vamos rompiendo la armonía, vibrando en otra frecuencia. Cada vez se oye más ruido; nos estamos olvidando como suena la melodía de la naturaleza.

Es que todo está hecho de lo mismo: mismas partículas y moléculas. Sólo a través de los límites que impone el ego a nuestra percepción podemos sentir el tiempo, las distancias y por supuesto, recordar lo que somos.

En algún momento perdimos el ritmo. El tiempo se transformó en dinero y nosotros en entes que no hacen más que desear cosas, en su mayoría innecesarias. Cosas que para ser producidas, generan un daño colateral a nuestro planeta cada vez más irreparable. La violencia es moneda corriente, la vida vale muy poco pero se ha vuelto algo que debemos ganarnos vendiendo nuestro tiempo.

La armonía es el equilibrio de las proporciones, por eso mientras existan personas que mueren de hambre cuando otros despilfarran, será difícil volver a bailar al compás de la música.

Conocer el futuro nos hace esclavos del destino. Cuando sentimos que la realidad del presente nos enferma, sabemos qué futuro nos espera si no cambiamos el rumbo. Hoy tenemos la posibilidad de utilizar poderosos instrumentos de comunicación para combinar nuestros sonidos. Tenemos que tomar el control para luego perderlo y volver a sintonizar con el resto del universo.

Sueño con abrir los ojos y ver que algo estamos cambiando. Eso sería, en verdad, despertar.

jueves, 19 de abril de 2012

Frío y fuego

Por @mamamantis

Un día igual a cualquier otro con el mismo nombre, se levantó y se miró en el espejo del baño. Tenía el cabello «almohadonado» y esa mirada acuosa, de los ojos que se abrieron hace poco. Se peinó con las manos, acariciando la maraña de rulos hasta convertirla en rodete; se lavó la cara y despejó las lagañas. Ahora se parecía más a esa mujer cotidiana, que también es madre y esposa. Todo en ese orden.

Se le fue la mañana preparando el desayuno, llevando a su hija a la escuela, charlando con algunas madres, pasando por el mercado y preparando el almuerzo. Mientras, miraba el noticiero del mediodía, más por sentirse acompañada que por interés informativo.
«Otra víctima de femicidio», leyó en pantalla. Parpadeó nerviosa, echó la cabeza hacia atrás e inspiró profundamente. La acidez de las cebollas que estaba cortando para el estofado le nubló la vista. Sin embargo, las lágrimas siguieron cayendo aún después de llevar la cacerola al fuego, mientras revolvía con la mirada perdida en la incertidumbre de sus miedos.

La tarde transcurrió sin sobresaltos, disimulando el nudo en el estómago con una pava de mate mientras ayudaba a su hija a recortar palabras del diario para la tarea de mañana.
El cielo se puso gris, y al verlo, sintió frío. Un frío solitario y mudo, de esos que aparecen cuando la angustia se vacía de palabras y es imposible de explicar. Dejó a su hija mirando dibujos animados con la promesa de volver enseguida con algo rico para merendar.
Caminó apurada hasta la plaza y no cruzó una sola mirada con nadie en el camino. Creyó escuchar su nombre en la voz de una mujer pero siguió por la plaza sin mirar atrás mientras esquivaba palomas y niños que jugaban a la mancha. Estaba decidida, hoy sería punto y final.

En el café la esperaba un hombre de sonrisa generosa y mirada de algodón. Ella sintió un calor abrasador al verlo, tan intenso que decidió no abrazarlo para no asfixiar lo que venía a decirle.
—No puedo hacer esto, susurró ella.
El frío de sus palabras le helaba los oídos, el resto de su cuerpo sudaba, encendido. El hombre la observó en silencio, sin dejar de acariciarla con la mirada.
—No tengas miedo, yo estoy acá, con vos— dijo él, acercando su cara a la de ella por arriba de la taza vacía de café.
—Ya es tarde, me tengo que ir. Te pido perdón... y... gracias.
Ella se levantó, le sonrió llorando sin lágrimas y se fue.
Llegó a su casa con «Sonrisas» de frambuesa, las galletas favoritas de su hija. Su marido estaba esperándola en la cocina, inusualmente temprano en un día de semana. Al verlo, le pareció que era gigante, inmenso, colosal.
No tuvo tiempo de reaccionar. La bencina la dejó ciega y el infierno de las llamas comenzó a devorarla. Pronto, el fuego se la llevó a las sombras de la inconsciencia.
Ahora ella descansa en el recuerdo inocente de una niña huérfana y en la tibia lágrima del hombre que nunca llegó a transformarse en el amante que quiso ser.

A veces frío, a veces fuego. Otro femicidio, víctima del silencioso asesino llamado miedo.



lunes, 26 de marzo de 2012

Algunas nenas no lloran

Por @Mariana_Aran




Manuel me dejó.
Para escribir un cuento hay que alejarse de la vida real. Porque en la vida real, es decir: lejos de los papeles en blanco y las suposiciones afiebradas de las escritoras standard como yo, que tratan de bucear hasta lo indecible en cuestiones sin importancia; como las miradas que alguna vez alguien me echó cuando me empeñaba en buscar respuestas en mi taza de café, o el sonido del viento jugando con la cortina de la ventana de mi cuarto; cosas así, sin vitalidad, sin fuerza, que sólo sirven para rellenar los relatos con frases hechas. En la vida real, como iba diciendo, las historias, y sobre todo las historias de amor, empiezan más o menos así: alguien, que puede llamarse Johnny o Manuel un buen día se da cuenta en la ducha, en un insomnio, en una esquina, mientras come un Big Mac, que Mariana o Michelle, tiene unos ojos verdes o azules o marrones que le calan hasta el alma, y que la misma piba que hasta ayer no le promovía más que un poco de ternura, hoy le empieza a picar en la garganta, en los brazos y en las piernas; o tal vez así: Michelle o Mariana una tarde cae en cuenta que el chico de al lado, que se puede llamar Johnny o Manuel, que hasta ayer no le promovía más que pena, por el saco demasiado largo y gastado, hoy le mueve los estantes  al punto de pensar que lo más importante del mundo es abrazarle ese cuerpo flacucho y endeble, y decirle que el saco le cuelga mejor que a nadie.
En la vida real, los datos triviales del pasado de Johnny/Manuel y Michelle/Mariana, a nadie le importan. ¿O acaso alguien se pone a pensar al ver una de esas parejitas en la plaza, a qué edad largó el chupete, si se comía las uñas o si era el gordo del grado?; nadie piensa en telas de araña cuando pinta la pared, nadie se imagina tumbas cuando ve florecer un jazmín. Nadie. Al menos no la gente normal. Y no está mal que así sea, porque sería desastroso (sobre todo para las escritoras standard como yo) que la gente quisiera encontrar en un cuento, las intrascendencias de las parejitas que pueblan las plazas y se matan un rato a besos, mientras vos paseás el perro y los mirás como diciendo «Quién pudiera».
Para escribir un cuento, insisto, no hay que ser real. Una escritora standard como yo nunca debería relatarlo como si lo estuviera viviendo, como si estuviera en la plaza conocida y fuera uno de los lados de la parejita común presa de manoseos comunes y de su pasión poco común por las películas dirigidas por Kim Ki-duk, y tampoco deberá cometer el error de escribir ningún nombre verdadero, que a lo Pavlov le recuerde su historia, su plaza, y su «Quién pudiera».
Mucho menos deberá acelerar los tiempos; me refiero a esa tentación de matar al gato antes de que huela el pescado, lo coma, se indigeste, y se sueñe el protagonista de Cementerio de Animales. Para ser clara: una escritora standard como yo, nunca debería comenzar una historia de amor por el final.
Será por eso que esto no es un cuento.

lunes, 5 de marzo de 2012

Parpadeando un mundo





Un simple cerrar y abrir de ojos: lo hacemos más de diez mil veces por día pero en cada parpadeo el mundo se desvanece frente a vos para que lo vuelvas a crear. La ciencia nunca va a poder explicar como la imaginación nos hace eternos.

Cada parpadeo es la oportunidad de ver las cosas de otro modo, desde otro lugar, aprovechar para observar a tu alrededor.  La posibilidad de percibir que la gente viene y va enamorada del apuro, cada uno en su propia burbuja, respirando alegrías, tristezas, grandes fracasos y pequeñas victorias. Tan cerca y tan lejos todos, preocupados por aquellas cosas que luego van a olvidar.

En este momento todo parece ser poco importante. Nacer, vivir, morir bien podrían ser partes de un juego que nadie sabe jugar; una costumbre que empezó vaya a saber quién y que vos repetís sin cuestionarlo siquiera. Todo se reduce a ganar o perder pero ¿cuál es el mérito de permanecer? 

Usás el espejo como reloj y al reloj como ancla; tu sonrisa te pide indemnización, se cansó de que le digas basta. Los días se suceden tratando de ganarte la vida, sin saber porque sentís estar endeudado con el mundo. Tampoco sabés cuándo te convertiste en un coleccionista de seguridades.  Si hasta hace muy poco, tu único combustible era la adrenalina y hoy solo te esmerás en mantener cada cosa en su lugar. Todavía cargás con sueños que inflaste con forma de globos y sin embargo no eras vos el que los tenía que llevar sino al revés.

Las mañanas ya no te fían, por eso vivís pidiéndole adelantos al futuro. Buscás para vestirte un par de halagos pero todos te quedan grandes. Vas a tener que abrigarte con algunas de las excusas gastadas que hasta ahora no querías usar. ¡Cómo se extraña que el tiempo pase en puntas de pie! 
Las madrugadas ya comienzan sin vos, pero caprichoso seguís regalándole imitaciones de la luna a Julietas sin balcón.

Así y todo la seguís peleando, convencido que poco te interesa entender. Nunca fuiste bueno con las mentiras pero te llevás peor con la verdad. 
Quizás el secreto sea pensar en todo como un gran chiste, es mucho mejor que aceptar ser el viudo de lo que nunca fuiste. 

Al fin y al cabo siempre tenés la opción de parpadear para que todo vuelva a comenzar.

lunes, 13 de febrero de 2012

El kilómetro



      De las ideas breves, me gustan las de un kilómetro. Las que apenas hacen que uno se canse al recorrerlas, al tiempo que ya nos han mostrado algo de paisaje y/o de realidades de las cuadriculadas.; además del uno, ese mito de la unidad, aunque las unidades así de convencionales tengan tanto de ciencia, de arbitrariedad, de demostración de poder de la impronta del hombre como tal en sus expresiones más puras o de las otras. La unidad interesada o interesante para el interesado si es que muestra uno de esos signos de los que hacen abrir los ojos al máximo y, de tanto, transcribirse en las retinas como en esos personajes de los cartoons; se ven de esos sueltos, fuera del papel, en sus papeles cotidianos y reconocibles, en sus carreras de nunca ganar más que cosas del mundo. Papeles, bah.
      A eso vamos, a eso nos mandan, ¿quién? ¡Dios! Dios manda, o dios chiquito y mundano -para los que no creemos-, que transmuta, que va siendo desde dioses amables a dioses que nos ponen en juego la continuidad de la vida sobre el planeta, de la nuestra y la de todo, porque somos testigos y sin nosotros nada habría, está claro. Pero no es que haya porque hicimos. Hacemos, sí, más que nada recorrer, mirar y tocar un poco esto para desviarle el rumbo o regar aquello y hacer que el sol le dé como es necesario que le dé. Eso en el caso de las plantas; otro cantar es el de los pájaros u otros bichos a los que hay que convencer, como, por ejemplo, de que se nos metan en el horno o duerman para siempre emparrillados y empanzados, que más vale no sigo.
      Pues nosotros que no creemos en el más allá (más allá de un kilómetro que es lo que uno hace sin apenas cansarse), no estamos menos convencidos, convencidos de que la cosa es finita, que terminaremos metiéndonos solitos, ya no en hornos (en general, aunque hubo generales que con un arma en la sien de unos mansos, mansos de hambre, no dejaron alternativa a muchos más que cien), sí en un agujerito, de los imperceptibles vistos desde el cielo, que en mi caso, queda (bueno, sí ¡más o menos!) a un kilómetro.