viernes, 26 de octubre de 2012

domingo, 21 de octubre de 2012

La caducidad del recuerdo

Por Juan Pablo

Las peores verdades son las irrefutables o, mejor dicho, aquellas por las que no podemos hacer nada y permanecen ahí; las que nos han visto nacer y nos verán morir invariables, suspendidas y eternas mientras lo finito nace, ocurre y finaliza. Quizás esa sea la pena que algún estamento divino les ha entregado para purgar, acaso, esa virtud.

El tiempo pasa. Los años lo acompañan y nosotros los vemos recorrer nuestro cuerpo. Crecemos y nos llenamos de marcas que nos lo recuerdan: las grietas que la piel gana en las comisuras de sus pliegues, los intersticios que se van completando y los vacíos que van haciéndose más amplios, los movimientos se van entorpeciendo como la tosquedad de la veta de la madera cuando le gana un poco la humedad. Aprendemos, maduramos y nos hacemos conscientes. Vivimos con la muerte como un factor inminente pero indefinido. Algunos encuentran en eso algo trágico, otros simplemente aspiran a ese momento buscando un poco de redención.

El tiempo que arruga los cuerpos también aja el recuerdo. Tal vez es una coincidencia que en este momento, mientras escribo estas líneas, suene en la lista de reproducción el Réquiem de Mozart. O tal vez no y en mi mente siempre haya estado presente. No sé, ya no sé qué es real y qué no; me es imposible determinar lo factible de lo deseado; lo transcurrido de la fantasía. No puedo afirmar, a ciencia cierta, si el aroma que asocio a tu pelo sea el tuyo o sea el de los malvones del vivero de la calle Baradero. No puedo acordarme si lo que charlamos esa última vez era tal como lo recuerdo o si sólo le puse alguna nota al pie a una escena que fue silencio y despedida. Creo, con una angustia rotunda, que la mayoría de las cosas que pienso las he volcado más desde un lugar literario y mágico que desde la realidad misma.

El tiempo ha ajado mi memoria y esta, quizás, sea la pena que yo mismo debo sostener. La lluvia que hoy veo probablemente la hayamos visto juntos, golpeando incesante sobre las hojas del limonero del patio, el que usa Luna como paraguas cada una de las veces que ocurre. Estoy convencido que este cielo ya lo vimos y hoy, tanto tiempo después, le otorgo a las nubes la misma y caprichosa forma que le supimos dar ese día de enero que seguramente tampoco ocurrió.

Mi condena no es cargar con la finitud de la vida sino con la caducidad de los recuerdos. Es probable que el vicio de escribir me haya convertido en un redactor de grandes anécdotas que no lo han sido tanto. Es probable. Lo real es que ya no te recuerdo tan claramente como quisiera. Sé tu nombre, la edad que tendrías, tu número de documento y hasta recuerdo el número de legajo que tenías en tu trabajo. La fecha en que te casaste y la fecha en que te fuiste. Pero las matemáticas no me ayudan a recordar el tenor de tus abrazos, la calidez de las palabras que lanzabas cuando me mirabas a los ojos, la duración de los momentos que pasamos mirando el ventilador mientras escuchabas conmigo algún partido de Talleres, las innumerables discusiones estériles que manteníamos aferrados a la excusa del temperamento; ya no recuerdo si las caricias en mi pelo las hacías con la mano derecha o con la izquierda o la tibieza que dejabas en la silla donde te sentabas; no recuerdo eso y tantas otras cosas más. Las nimiedades más absurdas que, a veces, son las más importantes. El tiempo pasa y el ayer apenas es una mera construcción narrativa que te enaltece más allá de lo que vos misma desearías, lo sé.

Y llega así este día y te recuerdo, con la triste convicción de que el resto del año lo hago cada vez menos o con menor intensidad. El tiempo me atraviesa la carne como un puñal de filo tramposo y quirúrgico que apenas alcanzo a percibir una vez al año, recién cuando veo el mango hacer tope contra mi esternón y me cargo de angustia y de culpa.

Las peores verdades son las irrefutables. El tiempo pasa y eventualmente moriremos, pero lo que vivimos nos va abandonando antes para que no olvidemos que tenemos fecha de vencimiento. Aprendí que esa pena es lo que debo cargar mientras viva, pero también aprendo cada día que la muerte se parece menos a la tragedia y más a la posible redención de tu abrazo. Entonces la espero sin miedo. Como el guerrero que cuida el bosque esperando que otro venga a matarlo para ocupar su lugar. Estoicamente. Sabiendo que el fin está cerca y que un nuevo comienzo, también.

jueves, 18 de octubre de 2012

La primera infidelidad

Pasó tres días eligiendo la ropa, los zapatos y el perfume que iba a usar ese día. Fue toda anticipación y adrenalina desde que la casualidad o tal vez, ¿por qué no?, la causalidad la reencontró con su exnovio de la secundaria.
Quiso la noche y sus misterios que se cruzaran en ese bar al que ella iba sábado por medio con sus amigas. Fue él quien la reconoció a pesar de estar tan distinta y se acercó con una sonrisa de genuina sorpresa.
Quién hubiera imaginado que aquel adolescente desgarbado y tímido se convertiría en este hombre alto, apuesto y de sonrisa perfecta que tenía frente a ella. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando él la abrazó y pudo sentir su perfume y la firmeza de sus brazos alrededor de la cintura. Tuvo un déja vù que la trasladó a esa época en la que eran menos adultos pero más despreocupados de las reacciones físicas y químicas.
Y de pronto, en un instante, ambos fueron conscientes de cada milímetro del cuerpo de uno en contacto el otro. Ella pudo sentir sus tetas aplastadas sobre el pecho ancho y duro de él, los vientres pegados, las entrepiernas demasiado cerca. Notó que él tampoco era indiferente a la cercanía física y se soltaron con torpeza. Hablaron un rato largo de sus vidas y sus circunstancias actuales.
Ella habló de su estable convivencia en pareja que ya llevaba varios años y sus planes en común. Él le contó de su soltería eterna, los viajes y sus ganas de abandonar por un tiempo la vida nómade. Entretanto se miraban, se exploraban midiéndose y descubriéndose. El tiempo los había cambiado y eran, de algún modo, dos extraños.
Las amigas de ella miraban a distancia prudencial riéndose y especulando.
Se despidieron a desgana pero acordaron verse pronto. Intercambiaron sus números telefónicos, un último abrazo formal y cada uno acabó la noche por separado.
Sin embargo en los días subsiguientes no pudo dejar de pensarlo. Se sentía un poco culpable. Varias veces despertó a mitad de la noche con la piel hormigueando ahí donde había estado en contacto con él. Sonreía a oscuras en la cama que compartía con su compañero de hastío .
Nunca antes se había planteado a sí misma la posibilidad de ser infiel, de fijarse en otro hombre y desear físicamente a alguien más. Hasta ese momento siempre pensó que estar con alguien, en pareja,  la mantenía al margen de ese tipo de tentaciones. Que tenía todo lo que una mujer necesitaba y que estaba completa.  De pronto la realidad la sorprendió de forma nada sutil considerando seriamente la fantasía de llegar compartir la intimidad con alguien más.
Una corriente de adrenalina la recorrió de pies a cabeza y le erizó la piel. Se imaginaba planeando excusas, pequeñas mentiras y alteraciones de la rutina y la agenda para programar un encuentro furtivo. Y lo más emocionante de todo era que había logrado transformar la incipiente culpa y el malestar en euforia y audacia.

Una mañana finalmente, él llamó. Le dijo que deseaba verla y sin pretextos agendaron hora, fecha y lugar.
No hicieron falta muchos eufemismos ni preámbulos. El deseo era denso y palpable, ambos lo sabían. La llevó a su casa y apenas hubo cerrado la puerta la tomó por las caderas y, apoyándola contra la pared, la levantó enredándole las piernas en su cintura. No dejaba de besarla mientas la desnudaba seguro y con manos urgentes.
Fue desenfrenado, intenso y casi desesperado. Una danza pagana de piel, sudor, uñas y dientes. No hubo palabras incómodas o torpes. No hubo preguntas ni respuestas forzadas.
Fue el primero de muchos jueves durante casi tres años. Esta nueva realidad la obligó a replantearse el concepto de amor y libertad, redefiniendo el respeto en base a la discreción.
 Fue su primer amante, la infidelidad que daría inicio a un camino de goce sin culpas. Pero no fue el último (si es que se lo preguntan).