lunes, 26 de noviembre de 2012

Acuarela

Me gustaba como éramos, casi estaba resignado al peso de un futuro concreto, a esa cordial compañía del amor para siempre, del enamoramiento esporádico, improbable.  Quizá incluso más que resignado: estaba dispuesto.
Pero ocurrió. Una noche escribí una mujer perfecta y no tuve más remedio que dejarte.
Te dije: «No es que vos no seas la adecuada», pero no te dije que quizá fueras lo más cerca que alguna vez iba a estar de ella y su perfección contigua. Ya había detonado un proceso irreversible, y no servía de nada saber que no existía, porque no existía pero tampoco era imposible: yo ya la había creado.
Me preguntaste cómo ocurrió y la verdad no sé. Fui deseándola de a poco, tamizándola en mi realidad ilusoria, buscando detalles de ella en vos y en cada una de las mujeres que me socorren. Fui esculpiéndola. Y después tus celos, como una lejanía, me fueron mostrando todo el espacio que te sobraba en mi acuarela de mujer perfecta.
«Te dejo porque quiero dejarte», te dije y empezaste con los adjetivos: infiel, impasible, negador absoluto y compulsivo; «Andá a perseguir las polleras que sobrevuelan a tu alrededor».
Y todavía yéndote: «Alguna vez te vas a dar cuenta de que ella no existe».
«No existís vos», pensé, porque te dejaba para eso: para condenarte a la inexistencia con la que la describías.
A ella, sí; a mi acuarela de mujer perfecta.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Maquillar la vida


Por Gabuleta




Me maquillo tapando defectos que no existen, queriendo tapar tristezas que sí lo hacen. Me peino, me visto, me miento. Elijo los zapatos, la cartera, los gestos. ¿Qué sonrisa me pongo hoy? Me miro al espejo y elijo una. «Bueno, esta sonrisa me queda mal», pienso, mientras elijo otra. Otro peinado. Más rubor. La palidez de la mañana desaparece. La angustia de la noche también.  Me disfrazo como se disfraza alguien que va a animar una fiesta infantil, pero yo sólo me voy a animar mi vida. En realidad, la vida de los otros.
«Estás siempre coqueta», «estás siempre riendo». Un trabajo bien hecho, parece.
Uso maquillaje que compro en un negocio y unas sonrisas que no sé de dónde saco. Me río de que lo extraño, me río porque no me sale, me río de que tengo miedo. Me río porque reírme es el maquillaje que oculta lo que realmente quiero esconder.
Me maquillo y me río como quien pinta una casa llena de humedad. Pintala. Adentro está destruida, de todos modos. Pero el barrio la ve linda, las visitas la ven linda, en las fotos sale linda. Y eso parece ser lo que importa. Hasta que un día, alguien le pegue fuerte a la casa, hasta que alguien me pegue fuerte, y todo se derrumbe. Cuesta mucho mantener cuidado el jardín que oculta la casa destruida.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Algo así

Por Gemiliano

Te miro. Observo todos tus gestos mientras describís el viaje por París. 
A mí me gusta que me hables y yo poder mirarte. Porque me conecto con tu infinita energía y me lleno de vigor con tus palabras.
Me contás cada detalle del viaje. La inmensidad de la Torre Eiffel. Las comodidades del hotel donde estuviste alojada. Y algo de los negocios, claro. Presto atención porque me interesa. Porque realmente me interesa lo que te pasa. Y además, porque siempre fue así y ya no puedo cambiar eso.
Te observo concentrado.
Tu cálida mirada hace que las instalaciones del bar se aprecien menos frías.
Y yo sigo observándote mientras revuelvo el café. Pretendo tomarme el líquido ya frío de un solo sorbo. 
Gesticulás mucho. Me encanta. Siempre fue igual. Contás el paseo por la Costa Azul. Maravillada de ese nuevo paisaje  recién descubierto. Te escucho atento.
Después de tres cafés fríos y dulces nos levantamos. Te arrimo el saco a la espalda, te abro la puerta y nos retiramos. S'il vous plaît. Merci.
Seguís hablando de tu viaje. Caminamos despacito por Esmeralda mientras encendemos un cigarrillo. Nos reímos como tontos enamorados. Y recordamos el primer paso: Villa Gesell, verano del  ‘97. Allí, la vorágine por los viajes ya había comenzado.  
Intercalás recuerdos con las nuevas experiencias, siempre con ese toque de humor que te caracteriza.  Se te cristalizan los ojos de la emoción al recordar París. Y claro, entiendo que no es para menos.
Presto atención a cada paso tuyo por La Ciudad del Amor, mientras planeo mentalmente mi escapada a Cabo Polonio, para relajarme y olvidar —entre otras cosas— tu dulce mirada.