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Foto de @rizagara (Instagram) |
por @DrBion
De las
razones íntimas, sabemos poco. Sí sabemos que se sentó en la plaza, en el
desconocido intersticio que hay entre invierno y primavera; que los zapatos de
cuero no llevaban medias y que pretendía conjurar el tiempo y la razón. Ya
había tenido emociones y había lidiado con ellas (sus vísceras —que no sabían lo que era una
metáfora—
daban testimonio).
Los
primeros meses no despertó asombro en el barrio. Los abandonados apenas se
movían más que él. Nadie lo vio alimentarse pero ya corría el absurdo de que
devoraba hormigas. Los inquietos niños que se le acercaron no se maravillaron
de su inmovilidad sino de su infinito sosiego. Alguno le habló y de él salió un
tono grave y claro, pero sus labios siguieron firmes. Esas palabras se
perdieron (o se falsearon), pero de ahí se infiere su propósito y su fin, libre
de tribulaciones. Dicen que dijo, sí, dicen que dijo llamarse Leonadios.
La
curiosidad sobrepasó al barrio. Entonces llegaron los psicólogos. Estirpe
incapaz de pensar lo desconocido (y aún lo que escapa a la estadística), no
quisieron dialogar sin pastillas y menos sin televisión (eran tiempos
extraños: Crónica TV había
desaparecido, Facundo Pastor perseguía chocolateros en los trenes). La gente
insistió y ellos, ante la posibilidad del marketing, lo intentaron. No podemos
decir que Leonadios se desanimó (había desdeñado los sentimientos), pero juzgó
inoportuno seguir conversando con gente poco instruida. El barrio los echó
pacíficamente.
Tenía
los ojos ya negros y la barba lo tomaba por asalto. Algunos acamparon en la
plaza, creyéndolo un ángel (o un mítico parrillero que ahora habita
Alfa-Centauro). El respeto sólo era, para él, una idea; pero hubo quien creyó
adivinar una deferencia hacia sus seguidores en sus sibilinas musitaciones. Uno
le arrojó una piedra. La sangre demoró en brotar, no era azul ni roja, pero era
a la vez azulirroja. Se formó una secta de aduladores inmediatos. En principio,
pidieron su favor o, al menos, una palabra de aprobación. Enarbolaron una
curiosa ley escrita y pretendieron que se tomara por Sagrada. Luego, la letra
que explicaba la ley. Finalmente, una ley oral que se propagaba en
guitarreadas. La puerilidad de sus fines no perturbó a Leonadios. Entonces,
lograron que se les otorgara personería religiosa. Se limitaron a olvidarlo y a
recolectar dinero.
Su pelo
iba aclarándose cuando llegaron los literatos. Despreciaron el diálogo, para no
contaminar al objeto- musa. Sin ideas, ensayaron citas que mostraron los
alcances de la memoria de Onán. Un temerario garabateó la primera línea (según
reconstrucciones, decía: «De las razones íntimas, sabemos poco»). Otro ejerció la crítica. No
demoró un visionario en redactar la crítica de la crítica. Algunos agudos observaron
que el verbo saber había
sido usado por un escritor en un sitio de Internet (acompañado por la imagen de
un pre- socrático de rasgos inciertos) y que el adjetivo íntimo dejaba demasiado al
descubierto: la famélica línea del horror que (tal vez) anuda al Arte con la
Realidad. Debatieron con rigor y propusieron la modificación de la línea en
otra (a su juicio) insuperable: «De las razones íntimas, sabemos
poco». El
barrio, poco leído, no pudo comprenderlos. Salieron con las piedras.
Alguna
vez llegó la policía. Dijeron haber recibido una denuncia sobre un masculino
que alborotaba al público y se hacía llamar Dios. La gente ya había decidido
cerrar la plaza. A los agentes los acomodaron como pudieron. Las carpas tapaban
el verde. Nadie entra, nadie sale; anunciaron vecinos a quienes no les
interesaba el misterio sino el orgullo de tenerlo. De entre todos eligieron a
uno para que hablara con él. Confusos en la precaución quisieron prepararlo
para el momento. Lo dejaron ciego por temor a su mirada. Cuando llegó el
equinoccio lo sentaron. El vocero trató de hablar.
Leonadios
se puso de pie. Su pelo blanco ya era luz. La barbas penetraron los poros en
camino regrediente. Lentamente fue desentendiéndose del mundo. La llama en sus
ojos fue lo último que vieron. Dicen que se fue a la Razón (donde también está
el Amor) que, dicen, es una idea.