viernes, 28 de diciembre de 2012

El viejo





Hace un tiempo ya, durante uno de mis viajes de visita a la casa paterna y mientras trajinaba en la cocina, miré hacia el patio trasero y me detuve a observar al viejo. Puso una de las sillas de jardín bajo del olmo, tomó el diario, se calzó las gafas y ahí se quedó cerca de una hora, pasando las hojas a medida que leía. Algunas pasaban más rápido que otras. Suponía yo que el ritmo tenía que ver con que la noticia le fuera relevante o no. La sección de economía parecía no interesarle, pero a la de fútbol le dedicó un rato largo. Y a las necrológicas, claro. A toda la gente de pueblo le gusta saber quién muere, si hay algún conocido entre las bajas de la vida. Es un tema de conversación habitual.
Desde el taller del fondo llegaba la música de Julio Sosa, el varón del tango, me había dicho papá alguna vez. La verdad es que no le presté mucha atención entonces porque no me interesaba. Ni el tango ni casi nada de lo que él me decía, al menos por aquellos tiempos, para ser justa. Pero ese día de pronto me dí cuenta que no sólo sabía el nombre del tango en cuestión sino que además podía tararear su letra:

«Yo anduve siempre en amores
¡Qué me van a hablar de amor!
Si ayer la quise, qué importa...
¡Qué importa si hoy no la quiero!»

Me quedé mirándolo mientras cantaba en voz baja y cuando quise parpadear se me escurrió una lágrima por la mejilla. El marinero en la garganta ya había hecho bien su trabajo con un nudo firme y apretado. Me golpeó la revelación de que un poco de mi amor por la poesía (y el drama, por qué no) proviene justamente de los tangos del viejo: llenos de lunfardo, amores de arrabal, despechos y pasiones. Y me quedé allí, parada del otro lado de la ventana, simplemente mirándolo con estos ojos de hija adulta. Ya estaba grande, rozaba los setenta y miraba con una paz serena en sus ojos grises hacia los árboles del fondo, en silencio, cruzado de piernas y moviendo un pie al ritmo del tangazo.
En ese momento supe que siempre lo iba a recordar así: simple y sereno. Sin importar nuestras diferencias políticas e ideológicas; nuestros desencuentros y  animadversiones.
Fue un tipo duro, de los de antes; criado en las faenas rurales por una familia de esas que no daban abrazos ni besos. Lo fuimos ablandando con el tiempo pero nunca perdió esa especie de anticuada vergüenza a la hora del cariño. Y al mismo tiempo ejerció sobre la familia una forma de protección y  cuidado absolutamente desinteresada, equitativa y silenciosa.
Me llevó todos estos años (más de la mitad de mi vida) llegar a ese momento de intimidad solitaria y contemplativa: él sentado bajo el olmo pensando vaya a saber en qué y yo detrás de la ventana, mirándolo pero esta vez viéndolo.
Preparé el mate y le llevé uno, amargo, como a él le gusta:

— Nena ¿a que no sabés quién se murió? Vos eras chica pero seguro te tenés que acordar.
—Contame, viejo.

Y así es como nos recordaré siempre.

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